Aún así sonrío
A través de sus
páginas hice un recorrido a mi pasado.
Me he visto en mis primeros pasos de contacto con los estudios de la
teología. Por supuesto, que siempre fui
consciente de que la teología no es ciencia.
Tampoco es un tratado de espiritualidad.
Tampoco es el estudio de la religión.
Siempre supe que era un modo de hablar de Dios. ¡Ésa es su grandeza!
Desde hace
algunos años tengo contacto con la neurología, por las exigencias de mi
práctica en psicología clínica. Por
supuesto, que soy muy consciente que la neurología es una ciencia. Su objeto de estudio es el cerebro humano,
las neuronas y la sinapsis. Todos esos
elementos son medibles y observables.
Por eso, puede servir de puente con otras ciencias. ¡Ésa es su grandeza!
El libro aborda
dos maneras de abordar ese puente: el cientificismo reduccionista o la falta de
rigor empírico para abordarlo. Es decir,
colocar la experiencia religiosa en una parte del cerebro o mostrar la
incapacidad de validar la experiencia religiosa a través de la ciencia.
Sin embargo,
parte de un puente inexistente. No
puede existir un puente entre una ciencia y un modo de hablar de algo. Tampoco se puede confundir la teología con la
religión, la espiritualidad o la conducta religiosa. Eso me parece una brutal manera de dar por
sentado que las diferencias es de común conocimiento de todos. Al final, se termina confundiendo en su
propio laberinto.
La conexión con
mi pasado no es por los primeros pininos de estudios de la teología. No. Surge
por un estilo de vida religioso del cual me siento muy lejano por
insatisfacción personal. Justamente por
esa manera ambigua de mezclar: espiritualidad, religión y teología en un mismo
saco. Es como si dijéramos que el
Vaticano es igual a Iglesia Católica, cristianismo o espiritualidad.
Eso sí, a estas
alturas de mi vida, jamás renunciaría a ese pasado maravilloso que tuve, ni
siquiera desde el arrepentimiento.
Menos, borraría el lindísimo presente que vivo. En ambos experimento espiritualidad. Porque la ciencia es una experiencia
espiritual del misterio de la naturaleza.
Y la teología es un modo de hablar de cualquier divinidad, en que las
convicciones ejercen un control sobre la vida del creyente, una experiencia de
la cual estoy muy alejado, pero a la vez unido por excelentes amigos y amigas
que tengo.
Por ello estoy
molesto: no se puede usar la ciencia para validar lo incognoscible. ¡Eso es una estafa! Por eso mismo, me río de mi mismo: a nadie
debería importarle lo que siento y veo.
He cambiado de
muchas maneras, a lo largo de mi historia personal, pero no me avergüenzo de las
personas que fui. Todas ellas me
trajeron aquí. Sonrío ante quien fui.
Porque ninguna de mis equivocaciones merece el castigo del olvido, y
ninguno de mis aprendizajes justifica la arrogancia de creer que he llegado al
final del camino. ¡Aquí me quiero quedar!
¡Aquí quiero despedirme, comenzando continuamente!

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