Aún así sonrío

 Después de leer a Moisés Pérez a través de su libro: ¿Qué es la neuroteología?, me siento muy molesto y me río de mí mismo al mismo tiempo.

A través de sus páginas hice un recorrido a mi pasado.  Me he visto en mis primeros pasos de contacto con los estudios de la teología.  Por supuesto, que siempre fui consciente de que la teología no es ciencia.  Tampoco es un tratado de espiritualidad.  Tampoco es el estudio de la religión.  Siempre supe que era un modo de hablar de Dios.  ¡Ésa es su grandeza!

Desde hace algunos años tengo contacto con la neurología, por las exigencias de mi práctica en psicología clínica.  Por supuesto, que soy muy consciente que la neurología es una ciencia.  Su objeto de estudio es el cerebro humano, las neuronas y la sinapsis.  Todos esos elementos son medibles y observables.  Por eso, puede servir de puente con otras ciencias. ¡Ésa es su grandeza!

El libro aborda dos maneras de abordar ese puente: el cientificismo reduccionista o la falta de rigor empírico para abordarlo.  Es decir, colocar la experiencia religiosa en una parte del cerebro o mostrar la incapacidad de validar la experiencia religiosa a través de la ciencia. 

Sin embargo, parte de un puente inexistente.  No puede existir un puente entre una ciencia y un modo de hablar de algo.  Tampoco se puede confundir la teología con la religión, la espiritualidad o la conducta religiosa.  Eso me parece una brutal manera de dar por sentado que las diferencias es de común conocimiento de todos.  Al final, se termina confundiendo en su propio laberinto. 

La conexión con mi pasado no es por los primeros pininos de estudios de la teología.  No.  Surge por un estilo de vida religioso del cual me siento muy lejano por insatisfacción personal.  Justamente por esa manera ambigua de mezclar: espiritualidad, religión y teología en un mismo saco.  Es como si dijéramos que el Vaticano es igual a Iglesia Católica, cristianismo o espiritualidad. 

Eso sí, a estas alturas de mi vida, jamás renunciaría a ese pasado maravilloso que tuve, ni siquiera desde el arrepentimiento.  Menos, borraría el lindísimo presente que vivo.  En ambos experimento espiritualidad.  Porque la ciencia es una experiencia espiritual del misterio de la naturaleza.  Y la teología es un modo de hablar de cualquier divinidad, en que las convicciones ejercen un control sobre la vida del creyente, una experiencia de la cual estoy muy alejado, pero a la vez unido por excelentes amigos y amigas que tengo.

Por ello estoy molesto: no se puede usar la ciencia para validar lo incognoscible.  ¡Eso es una estafa!  Por eso mismo, me río de mi mismo: a nadie debería importarle lo que siento y veo.

He cambiado de muchas maneras, a lo largo de mi historia personal, pero no me avergüenzo de las personas que fui.  Todas ellas me trajeron aquí. Sonrío ante quien fui.  Porque ninguna de mis equivocaciones merece el castigo del olvido, y ninguno de mis aprendizajes justifica la arrogancia de creer que he llegado al final del camino. ¡Aquí me quiero quedar!  ¡Aquí quiero despedirme, comenzando continuamente!

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