La ternura como resistencia: psicología frente al odio

(Espiritualidad.  De Luizinho Timoteo)
 El día que fueron comparados como animales por un personaje público de la política peruana, Efraín estaba lidiando con su sensación de ahogo y taquicardia; no podía articular palabra alguna cuando se encontraba en su trabajo profesional.  Se quedaba pasmado, viendo al vacío, titubeando, sin encontrar palabra alguna que pudiera sacarlo de la mente en blanco.  Sentía miedo y pavor.  Le sucedía constantemente.

 La actual senadora, por el partido de Renovación Popular, Milagros Jáuregui, dijo textualmente: “No podemos permitir que el ser humano se comporte como animal”, al referirse a la comunidad LGBTIQ+ en ATV noticias.

A sus 32 años, después de varias visitas a psiquiatría desde su época universitaria hasta el momento, sus ataques de pánico se habían vuelto intermitentes.  Pensó, a finales de su adolescencia, que saliendo del clóset ante sus padres esto terminaría.  ¡Nada! Fue el comienzo de otra agonía en su vida adulta.

Atrás dejó su niñez, donde el bullying fue la marca diaria.  Su cuerpo delgado, sus rasgos finos, porque no jugaba al fútbol con la tosquedad de los demás.  Como si todos los niños varones tuvieran que pasar por la batalla del insulto, el golpe, la humillación para convertirse en seres humanos honorables.  Comenzaron los dolores de estómago y la súplica a sus padres para que lo cambiaran de colegio.

En la consulta recuerda al estudiante de secundaria, alto, que lo molestaba junto a varios que los acorralaban donde iba con su promoción de primaria. Comía todo lo que podía para engordar, para crecer.  Nada le resultaba, sino aumentar la angustia de su aspecto le hacía pensar que algo horrible tenía por dentro.

Se exigía ser buen hijo.  Ayudaba todo lo que podía en casa.  Era el más estudioso y disponible para todas las tareas del hogar.  Un modelo de hijo.  También un modelo de estudiante en el colegio, con las calificaciones.  Ninguna de esas estrategias le resultó para dejar de sentir miedo, humillación y falta de lealtad de los amigos.

En la adolescencia no podía hablar con nadie sobre sus fantasía de enamoramiento con sus compañeros.  Salvo cuando fingía e inventaba historias con chicas, pero llegado el punto de su relato ya no sabía qué contar y quedaba callado.  Sus relatos inventados no correspondían ni tenían la misma chispa que los de sus amigos.  Se sentía extraño, culpable, sucio y un ser sumamente asqueroso, que merecía estar solo el resto de su vida.

Su rechazo profundo a los hombres amanerados, con voz débil o exagerados en su vestimenta afeminada, le era insoportable.  Había aceptado su modo de ser en las formas que sus agresores infantiles le habían acosado, en los relatos de rechazo de su madre religiosa hacia cualquier manifestación débil del varón.

Tomó la decisión de largas horas de terapia y de ejercicios en el gimnasio.  Comprendió que no sólo tenía que hacerse respetar por sus conocimientos académicos, costara el sacrificio que costara, sino también por el esfuerzo que su cuerpo demostrara hombría.  Eso le hizo bajar un buen tiempo sus sensaciones de ahogo y las palpitaciones cardiacas, mientras daba sus primeros pasos profesionales frente a sus colegas.

Pero justo cuando sustentaba su trabajo profesional, frente a todos, su mente le traicionaba: “Me están viendo mis gestos”, “no puedo mover la mano de esa manera”, “tengo que mostrar mucha seguridad”.  Cualquier mirada de sus colegas de trabajo derrumbaba todas sus frases mentales, ensayadas una y otra vez.  Entonces, el corazón latía con fuerza y se ahogaba.  Salía frustrado, humillado, abatido como tantas veces en su vida.

Cuando por fin descubrió a alguien que lo miró sin juzgarlo, además varonil como él, sintió que el mundo le devolvía por fin la calma.  Se sintió amado y pudo amar.  No tardó ni dos meses, cuando su compañero comenzó a mostrar rasgos femeninos y todo se derrumbó.  No soportaba que un hombre fuera fino, o una “loca” para mostrar sus emociones.  Cortó la relación frustrante, de no encontrar gente “normal”.  La misma homofobia que el personaje público había mencionado en televisión.

A medida que avanza en la psicoterapia trae abajo sus disonancias cognitivas respecto a la homofobia internalizada.  En las últimas sesiones, le cuesta estar sin hacer nada para ser aceptado por los demás, debido a la sobrecompensación de toda su vida: exigirse al máximo para agradar a las personas y ser aceptado en su entorno.  Situación que genera sufrimientos indecibles en todo ser humano, cuando su contexto vital es adverso.

Quizá la actual senadora, cuando hizo esas declaraciones no se dio cuenta de que el mundo la ve como una especie animal denominada sapiens, de la que ella misma forma parte.  En psicología sabes que sus palabras no sólo le hieren a ella, sino que atraviesan como cuchillos invisibles la vida de miles de peruanos que luchan por sostener su salud mental.

Efraín es uno de ellos, y su relato nos recuerda que la homofobia no es un discurso abstracto: es un dolor que se instala en el cuerpo, en la respiración, en la memoria.  Pero también nos recuerda que la resistencia se escribe en cada sesión de terapia, en cada gesto de dignidad, en cada intento de amar sin miedo.

Y así como Efraín, también Victoria carga con sus propias batallas.  Su historia espera ser contada. Allí donde la violencia intenta deshumanizar, la palabra se convierte en refugio y en promesa de futuro.

Porque la homofobia no sólo mata el amor: también mutila la esperanza. Y la historia de Victoria será la prueba de que aún en medio de la herida, la ternura resiste…

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