La ternura como resistencia: psicología frente al odio
| (Espiritualidad. De Luizinho Timoteo) |
La actual senadora,
por el partido de Renovación Popular, Milagros Jáuregui, dijo textualmente: “No
podemos permitir que el ser humano se comporte como animal”, al referirse a la
comunidad LGBTIQ+ en ATV noticias.
A sus 32 años, después de varias visitas a psiquiatría desde
su época universitaria hasta el momento, sus ataques de pánico se habían vuelto
intermitentes. Pensó, a finales de su
adolescencia, que saliendo del clóset ante sus padres esto terminaría. ¡Nada! Fue el comienzo de otra agonía en su
vida adulta.
Atrás dejó su niñez, donde el bullying fue la marca
diaria. Su cuerpo delgado, sus rasgos finos,
porque no jugaba al fútbol con la tosquedad de los demás. Como si todos los niños varones tuvieran que
pasar por la batalla del insulto, el golpe, la humillación para convertirse en
seres humanos honorables. Comenzaron los
dolores de estómago y la súplica a sus padres para que lo cambiaran de colegio.
En la consulta recuerda al estudiante de secundaria, alto,
que lo molestaba junto a varios que los acorralaban donde iba con su promoción
de primaria. Comía todo lo que podía para engordar, para crecer. Nada le resultaba, sino aumentar la angustia
de su aspecto le hacía pensar que algo horrible tenía por dentro.
Se exigía ser buen hijo.
Ayudaba todo lo que podía en casa.
Era el más estudioso y disponible para todas las tareas del hogar. Un modelo de hijo. También un modelo de estudiante en el
colegio, con las calificaciones. Ninguna
de esas estrategias le resultó para dejar de sentir miedo, humillación y falta
de lealtad de los amigos.
En la adolescencia no podía hablar con nadie sobre sus
fantasía de enamoramiento con sus compañeros.
Salvo cuando fingía e inventaba historias con chicas, pero llegado el
punto de su relato ya no sabía qué contar y quedaba callado. Sus relatos inventados no correspondían ni tenían
la misma chispa que los de sus amigos.
Se sentía extraño, culpable, sucio y un ser sumamente asqueroso, que
merecía estar solo el resto de su vida.
Su rechazo profundo a los hombres amanerados, con voz débil o
exagerados en su vestimenta afeminada, le era insoportable. Había aceptado su modo de ser en las formas
que sus agresores infantiles le habían acosado, en los relatos de rechazo de su
madre religiosa hacia cualquier manifestación débil del varón.
Tomó la decisión de largas horas de terapia y de ejercicios en
el gimnasio. Comprendió que no sólo
tenía que hacerse respetar por sus conocimientos académicos, costara el
sacrificio que costara, sino también por el esfuerzo que su cuerpo demostrara
hombría. Eso le hizo bajar un buen
tiempo sus sensaciones de ahogo y las palpitaciones cardiacas, mientras daba
sus primeros pasos profesionales frente a sus colegas.
Pero justo cuando sustentaba su trabajo profesional, frente
a todos, su mente le traicionaba: “Me están viendo mis gestos”, “no puedo mover
la mano de esa manera”, “tengo que mostrar mucha seguridad”. Cualquier mirada de sus colegas de trabajo derrumbaba
todas sus frases mentales, ensayadas una y otra vez. Entonces, el corazón latía con fuerza y se
ahogaba. Salía frustrado, humillado,
abatido como tantas veces en su vida.
Cuando por fin descubrió a alguien que lo miró sin juzgarlo,
además varonil como él, sintió que el mundo le devolvía por fin la calma. Se sintió amado y pudo amar. No tardó ni dos meses, cuando su compañero
comenzó a mostrar rasgos femeninos y todo se derrumbó. No soportaba que un hombre fuera fino, o una “loca”
para mostrar sus emociones. Cortó la
relación frustrante, de no encontrar gente “normal”. La misma homofobia que el personaje público
había mencionado en televisión.
A medida que avanza en la psicoterapia trae abajo sus
disonancias cognitivas respecto a la homofobia internalizada. En las últimas sesiones, le cuesta estar sin
hacer nada para ser aceptado por los demás, debido a la sobrecompensación de
toda su vida: exigirse al máximo para agradar a las personas y ser aceptado en
su entorno. Situación que genera
sufrimientos indecibles en todo ser humano, cuando su contexto vital es
adverso.
Quizá la actual senadora, cuando hizo esas declaraciones no
se dio cuenta de que el mundo la ve como una especie animal denominada sapiens,
de la que ella misma forma parte. En
psicología sabes que sus palabras no sólo le hieren a ella, sino que atraviesan
como cuchillos invisibles la vida de miles de peruanos que luchan por sostener
su salud mental.
Efraín es uno de ellos, y su relato nos recuerda que la
homofobia no es un discurso abstracto: es un dolor que se instala en el cuerpo,
en la respiración, en la memoria. Pero
también nos recuerda que la resistencia se escribe en cada sesión de terapia,
en cada gesto de dignidad, en cada intento de amar sin miedo.
Y así como Efraín, también Victoria carga con sus propias
batallas. Su historia espera ser
contada. Allí donde la violencia intenta deshumanizar, la palabra se convierte
en refugio y en promesa de futuro.
Porque la homofobia no sólo mata el amor: también mutila la
esperanza. Y la historia de Victoria será la prueba de que aún en medio de la
herida, la ternura resiste…
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