La maternidad y el espejo: un cierre terapéutico

 
Lía llegó puntual a la última sesión, como quien se despide de un ritual que le ha devuelto la voz.  Venía de celebrar con su equipo de trabajo los logros de medio año.  En el restaurante, entre risas y brindis, se apartó para ir al baño.  Allí, frente al espejo, ocurrió lo inesperado: un instante que condensó todas las sesiones, un gesto que cerró el proceso psicoterapéutico que había llevado.

Cuando llegó por primera vez, Lía confesó que no sabia qué hacer con su vida de pareja.  Más de catorce años de matrimonio, dos hijos, y una sospecha que le corroía desde hacía dos años.  Una madrugada, su esposo volvió tarde, con una verdad a medias: había estado con dos asistentes cuando todos los demás ya se habían marchado.  Desde entonces, la confianza se quebró.

La historia de Lía estaba marca por renuncias.  Había dejado su vocación de traductora para cuidar del hogar.  A los 36 años descubrió que su sueño de familia unida se había convertido en una carga silenciosa.  “¿Por qué él sí y yo no?”, se preguntaba, mientras su vida se reducía a la maternidad y al ros de esposa.

El trabajo en un centro de idiomas le dio aire, pero también tensó la relación.  La intimidad con su marido se volvió escasa, y en medio de la discusión de esa madrugada él se lo reprochó.  Ella, sin embargo, no podía soltar a sus hijos.  Los cuidaba con obsesión, como si en cada gesto se jugara la vida.  La raíz de esa vigilancia estaba en un secreto doloroso: de niña había vivido juegos sociosexuales con su hermano mayor.  Al crecer comprendió que aquello había sido una violación.  Lo confesó a su madre enferma, pero la historia se disfrazó de fantasía para no agravar la enfermedad.  La verdad quedó enterrada en el silencio de su cuerpo.

En la terapia, Lía reconoció que se sentía arrepentida de la maternidad, aunque amaba a sus hijos con un amor inmenso.  Había invertido todas sus energías en protegerlos incluso de su propio padre.  Se descubría sola, atrapada en cuidados que eran más prisión que refugio.  Había dejado atrás oportunidades de estudio y trabajo fuera del país, y se aislaba en un mundo de madres y rutinas.

Pero en el proceso terapéutico aprendió a separar la culpa de la maternidad del amor genuino hacia sus hijos.  Comprendió que esa carga le había sido impuesta por su entorno.  Necesitaba reivindicarse como mujer, más allá de los roles que la sociedad le había asignado.

Y entonces, en el baño del restaurante, frente al espejo, ocurrió la revelación.  Mientras se lavaba las manos y se arreglaba el cabello, se miró con detenimiento.  Lo que vio la conmovió: un cuerpo de mujer capaz de reunirse con farones y mujeres, de sonreír, de acariciarse, de vivir.  Lloró de emoción. Se descubrió libre, vital, dueña de sí misma.

Ese instante fue su cierre.  Su cuerpo habló en nombre de las mujeres, más allá de las fantasías impuestas, y le devolvió la conciencia de su identidad femenina.  Desde allí, Lía se permitió recomponer su vida, redefinir la maternidad y la pareja, y caminar hacia vínculos más auténticos con su esposo y los demás.

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