La igualdad en el voto democrático: engaño psicológico
La falacia es una construcción mental que aparenta lógica y corrección. Sin embargo, es un pensamiento defectuoso, engañoso, cargado de sesgos cognitivos e ideológicos que perturban la salud mental. En contextos como los que vivimos en Perú, estas falacias se convierten en armas de exclusión.
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| foto pública del programa |
La periodista y abogada Rosa María Palacios, en su programa Sin guion, afirmó que “ante el voto todos somos iguales, tiene el mismo valor”. Con ello quiso decir que un voto vale lo mismo en la costa, la sierra, la selva o el extranjero; que ricos y pobres son iguales en el ejercicio democrático.
Pero ¿cuál es el engaño? ¿Acaso no todos los votos se cuentan con el mismo valor numérico? Sí, cada voto pesa en el estrecho margen de resultados. Sin embargo, detrás de esa aparente igualdad se esconde una pregunta que la psicología no puede ignorar: ¿cómo se siente un poblador del rincón más olvidado del Perú al escuchar que “todos somos iguales” cuando ejerce su derecho democrático?
La paradoja de Lauderdale
Hace más de dos
siglos, el economista escocés James Maitland, conde Lauderdale, desenmascaró
este paradigma. Su paradoja sostiene que
la riqueza privada nace de la disminución de la riqueza pública.
La naturaleza -el
agua, los bosques, la energía, la tierra fértil- posee un valor de uso inmenso
y gratuito. En cambio, la riqueza
privada se mide en bienes escasos, con valor de cambio. Para que el Producto Bruto Interno (PBI)
crezca, se necesita crear escasez artificial: que falte salud, agua, alimentos,
educación. Solo así se monetiza lo que
antes era patrimonio común.
El resultado:
depredar la naturaleza para inflar un PBI que nos vende una ilusión de
bienestar infinito.
Un ejemplo brutal
Si los peruanos, en
un acto psicótico, quemáramos todos los árboles, generaríamos escasez de alimentos
y madera. Nos veríamos obligados a
comprarlos, destruyendo la riqueza pública y aumentando la riqueza privada. El PBI subiría, y se nos diría que la
economía “progresa”. Pero en realidad
habríamos arrasado la vida misma.
La riqueza privada
prospera en la escasez: vende salud, vende educación, vende alimentos. Y quienes pueden comprar son los ricos,
dueños de esa riqueza. La mayoría solo
trabaja infinitamente para sostener un PBI que no le pertenece.
El voto desigual.
Lo que la Dra.
Rosa María Palacios calla es que esa escasez es producida adrede. El Estado se abstiene de custodiar la riqueza
pública para garantizar la acumulación privada.
Y entonces se nos cuenta el cuento de hadas: “Todos fueron felices”.
Pero no. El poblador andino vota por custodiar su
aire, su agua, su campo, su salud. El citadino vota por conservar su
salario. El rico vota por seguir
explotando la riqueza pública. Y así, el voto se convierte en un campo de
batalla desigual, donde aflora el racismo y la exclusión.
La frase “todos
somos iguales en el voto” es una falacia.
No somos iguales. Ni siquiera en
el acto democrático. Y reconocerlo no es
comunismo ni liberalismo: es humanidad racional, es piscología en defensa de la
salud mental, libre de engaños y paradigmas caducos. En este momento en el
Perú, el voto se decide por el poder económico de los dos candidatos, para
impugnar las actas o las mesas de votación. ¿Somos iguales?
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