El diálogo del cerebro con el estrés.
| "Espiritualidad" de Luizinho, 2026 |
Pero, ¿de qué
hablaban los alumnos?
Ante un evento inesperado, el cerebro responde con la ley de “lucha o huida”. Su misión es protegernos de cualquier amenaza. En ese momento se activa el eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), donde el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas suprarrenales trabajan en conjunto. Allí se produce, entre otras hormonas, el cortisol, encargado de movilizar energía frente a peligros como un temblor, un ataque físico o un grito aterrador.
Laura estaba en
plena excitación de su eje hipotalámico. Los recuerdos de muerte, soledad y
tristeza dispararon una sobreproducción de cortisol. Los psicólogos llamamos a
esto estrés agudo: la necesidad inmediata de huir de la escena. Sin embargo,
incluso lejos del funeral, su corazón seguía acelerado y las sensaciones de
ahogo persistieron durante días. El cerebro, incapaz de distinguir entre lo
real y lo imaginado, continuaba produciendo cortisol como si la amenaza
siguiera presente. Así, Laura entraba en una fase de estrés crónico.
Cuando los seres humanos imaginamos amenazas, el eje HPA se activa una y otra vez. A la cadena de pensamientos (“moriré”, “me quedaré solo”, “me van a abandonar”) se suma la acción del sistema simpático, que libera adrenalina y noradrenalina, neurotransmisores que preparan al cuerpo para escapar o luchar. El defecto del cerebro es claro: no diferencia entre lo real y lo imaginado.
Laura había
pasado tres años medicada hasta que la muerte de su primo provocó una recaída.
Sabía que no bastaba con ejercicios de respiración profunda, útiles solo
después de la crisis. En consulta recibió una tarea distinta: exagerar los
síntomas cuando aparecieran, incluso si temía desmayarse. El objetivo era
enfrentar el miedo en lugar de huir de él.
Para controlar el sistema simpático, necesitamos su opuesto: el sistema parasimpático, encargado de devolver el cuerpo a la calma. Este sistema regula la relajación, la digestión y el equilibrio interno. Cuando se activa, la absorción del cortisol demora unas horas y los niveles hormonales vuelven a la normalidad.
Laura
preguntaba: “¿Y si me desmayo?” —“Te desmayas, y alguien te auxiliará”,
respondí. “¿Y si me pasa algo?” —“Te pasa, y alguien te encontrará”. La clave
era dejarse llevar, aceptar la crisis y permitir que el cuerpo recuperara su
equilibrio. Una semana después, regresó más segura: los síntomas no habían
aparecido y no había podido practicar el ejercicio. Era el momento de trabajar
con su mundo imaginario, origen del estrés crónico, a través de sus
pensamientos generalizados. Esa, sin embargo, es otra historia que merece ser
contada aparte.
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Sapolsky, R. (2008). Por qué las cebras no tienen
úlcera? La guía del estrés (primera ed.). (C. R. Celina González Serrano,
Trad.) madrid: Alianza editorial.
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