El diálogo del cerebro con el estrés.

"Espiritualidad" de Luizinho, 2026
Mientras los alumnos conversaban sobre su lectura (Sapolsky, 2008), recordé a Laura, quien llegó a la consulta enviada por su psiquiatra. Estaba temblando y con lágrimas en los ojos confesó que tenía miedo de que regresaran los ataques que había superado un año atrás. Todo comenzó en el funeral de su primo: de pronto empezó a temblar, le faltaba el aire y su corazón latía con fuerza descontrolada. Pidió salir a caminar por el pueblo y su hermana la acompañó, consciente de lo que estaba ocurriendo. El psiquiatra le recetó medicación para calmar los síntomas de pánico y le indicó que esta vez debía iniciar psicoterapia.

Pero, ¿de qué hablaban los alumnos?

Ante un evento inesperado, el cerebro responde con la ley de “lucha o huida”. Su misión es protegernos de cualquier amenaza. En ese momento se activa el eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), donde el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas suprarrenales trabajan en conjunto. Allí se produce, entre otras hormonas, el cortisol, encargado de movilizar energía frente a peligros como un temblor, un ataque físico o un grito aterrador.

Laura estaba en plena excitación de su eje hipotalámico. Los recuerdos de muerte, soledad y tristeza dispararon una sobreproducción de cortisol. Los psicólogos llamamos a esto estrés agudo: la necesidad inmediata de huir de la escena. Sin embargo, incluso lejos del funeral, su corazón seguía acelerado y las sensaciones de ahogo persistieron durante días. El cerebro, incapaz de distinguir entre lo real y lo imaginado, continuaba produciendo cortisol como si la amenaza siguiera presente. Así, Laura entraba en una fase de estrés crónico.

Cuando los seres humanos imaginamos amenazas, el eje HPA se activa una y otra vez. A la cadena de pensamientos (“moriré”, “me quedaré solo”, “me van a abandonar”) se suma la acción del sistema simpático, que libera adrenalina y noradrenalina, neurotransmisores que preparan al cuerpo para escapar o luchar. El defecto del cerebro es claro: no diferencia entre lo real y lo imaginado.

Laura había pasado tres años medicada hasta que la muerte de su primo provocó una recaída. Sabía que no bastaba con ejercicios de respiración profunda, útiles solo después de la crisis. En consulta recibió una tarea distinta: exagerar los síntomas cuando aparecieran, incluso si temía desmayarse. El objetivo era enfrentar el miedo en lugar de huir de él.

Para controlar el sistema simpático, necesitamos su opuesto: el sistema parasimpático, encargado de devolver el cuerpo a la calma. Este sistema regula la relajación, la digestión y el equilibrio interno. Cuando se activa, la absorción del cortisol demora unas horas y los niveles hormonales vuelven a la normalidad.

Laura preguntaba: “¿Y si me desmayo?” —“Te desmayas, y alguien te auxiliará”, respondí. “¿Y si me pasa algo?” —“Te pasa, y alguien te encontrará”. La clave era dejarse llevar, aceptar la crisis y permitir que el cuerpo recuperara su equilibrio. Una semana después, regresó más segura: los síntomas no habían aparecido y no había podido practicar el ejercicio. Era el momento de trabajar con su mundo imaginario, origen del estrés crónico, a través de sus pensamientos generalizados. Esa, sin embargo, es otra historia que merece ser contada aparte.

_____________________

Sapolsky, R. (2008). Por qué las cebras no tienen úlcera? La guía del estrés (primera ed.). (C. R. Celina González Serrano, Trad.) madrid: Alianza editorial.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La maternidad como memoria biológica y resistencia afectiva: diálogos entre evolución, deseo y poder

El TOC de Patricio y la entrevista a los internos de psicología

El idioma de la psiquiatría y la psicología.