Psicología circular del cuidar vs la visión piramidal

Mientras mi tía Olga luchaba por su vida en el hospital, pensaba en mis primeros años de migrante en la capital, cuando me acogió como a un hijo. Construía una casa para mis siete primos. Llegaba de noche, agotada tras su jornada en el hospital, y aun así daba indicaciones para continuar la obra. Al día siguiente volvía a su trabajo hospitalario. Los fines de semana cargábamos latas de arena para levantar el segundo piso; otros iban al mercado para las compras de la semana. No hubiera soportado la violencia de la capital si ella no me hubiera incluido en la misma rutina que el resto de mis primos.

Al mismo tiempo, me tocó leer los primeros capítulos del manuscrito que me había entregado mi hermano, una promesa que le había hecho. La primera parte me confrontó con la experiencia migrante del personaje principal en la sierra central del Perú. ¿Por qué no me había dado cuenta antes de que nuestra vida universitaria fue también una primera experiencia de migrantes en nuestro propio país? …

Nos llegaban noticias de que la tía Olga mejoraba y que pronto saldría de la unidad de cuidados intensivos (UCI). Me alegraba saberlo. No podía dejar de pensar que toda su vida había sido esa lucha: salir mil veces de la UCI. Lo sabía porque mis primos lavaban su ropa, cocinaban por turnos, iban a la universidad y a sus trabajos, como hormigas entrenadas para resistir la violencia de una sociedad que exprime hasta el límite a cada persona. Pero cuando la tía Olga cocinaba una comida criolla, todo se transformaba en fiesta familiar. Normalmente había invitados. Salir de UCI siempre fue una celebración para nosotros. Primer aprendizaje en la capital.

El personaje del manuscrito vivía centrado en salir adelante con sus estudios y sobrevivir en un contexto de violencia extrema. La narración se volvía episódica, llena de descubrimientos insólitos tras dejar atrás la pacífica Piura de aquel entonces. Me llamó la atención que el personaje no se quedara atrapado en la violencia del terrorismo, el narcotráfico o el racismo, sino que, quizá para camuflar el sufrimiento, ponía su mirada en el mito: “Si estudias, serás alguien en la vida”…

“Ella me terminó de criar y me hizo profesional”, dijo un primo ante todos. Yo no fui el único que pasó a ser parte de la familia que la tía Olga formó. Por eso, mientras convalecía en el hospital, repetía constantemente que la llevaran a casa. Ese deseo lo sembró en cada uno de nosotros. Significa, ahora que lo experimento, volver a nuestros propios desafíos para salir adelante. Volver a la fiesta del encuentro, hombro con hombro. Porque ella pensaba la vida de manera circular, no piramidal. Por eso, tanto mis primos como quienes fuimos integrados a su familia competíamos por salir adelante de esa manera. Segundo aprendizaje en la capital.

La segunda parte del manuscrito de mi hermano narra los vínculos amorosos adolescentes del personaje principal. La sorpresa de verse atrapado en relaciones tradicionales: dejar una flor, dedicar todo el tiempo a la pareja, sin importar estudios ni trabajo. Los líos en los que puede meterse entre fantasías sexuales y amorosas que las telenovelas de los años 80 habían sembrado en nuestras cabezas. Contradice enormemente una época en la que lo único válido era sobrevivir en una tierra que jamás nos vio nacer…

Cuando mi madre me dijo, con firmeza, que la tía Olga se estaba despidiendo, comprendí de inmediato que había tomado conciencia de que no la volveríamos a tener entre nosotros. ¡Así fue! Por eso, las palabras “luchadora y aguerrida” acompañaron la inmensa paz que sentimos en un mundo tan adverso, en el que fuimos entrenados para resistir. No sólo porque sus hijos la vivieron como una madre tradicional, sino porque fue un ser humano que jamás dejó de cuidar su ser mujer, más allá de cualquier dimensión de género. Ni la religión ni el miedo a la gran ciudad la amilanaron para crear un mundo donde todos pudiéramos vivir, sin pedir permiso por nuestra condición. Ése fue el último aprendizaje que nos deja, mientras entregaba su vida a cada uno de nosotros. Su ausencia es permanencia: un reto que nos impulsa a vencer cualquier adversidad. Así siento el abrazo con mis primos y el abrazo con mi madre ante la partida de la tía Olga, su hermana.

Finalmente, el manuscrito de mi hermano termina donde debió comenzar: dando razón de por qué estudió esa carrera y no otra. Allí estuvo, de por medio, otra mujer que, como la tía Olga, piensa la vida de manera circular y no piramidal. Ése es el secreto ante la violencia que vencemos los migrantes frente a las grandes ciudades donde estamos dispersos.

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